El reloj marcaba las 8:47 de la mañana cuando, a considerables metros de la parada, el colectivo que suele llevarme a mi trabajo me rebasa apresuradamente, obligándome a una competencia tempranera. Un peatón que cambia estrepitosamente de ritmo, sale instantáneamente del anonimato. Es por eso que mientras me sorprendía por la velocidad capaz de alcanzar a esa hora, presentía que para la mirada de los transeúntes aledaños yo debía ser como el protagonista de una escena emocionante. El esfuerzo por enfrentar la adversidad debía convertirme en una clase de héroe para este público callejero.
Hice entonces mi mejor esfuerzo, alcancé al escurridizo trasporte público y tras un memorioso salto logre asirme elegantemente de la puerta del mismo. A mis espaldas sin embargo, solo se percibía una fría ingratitud, mi sorprendente acto no recolectó ni un mísero aplauso de los allí presentes.
Una vez arriba, saludo con cortesía a un chofer que parece no admitir una derrota. Sin emitir sonido alguno y sin dejar de mirar hacia adelante, simplemente se limita a presionar el importe del boleto en la maquina expendedora. Pensé por un momento en tomar algún tipo de represalia, como saludar nuevamente con voz más elevada y marcando de manera más severa cada sílaba de la oración, pero enseguida reflexioné en lo difícil que debe ser un laburo así. Se trata solo de un hombre cansado y malhumorado, que no puede evitar ver en mí, una parte más de su interminable rutina diaria.
Es momento de seleccionar un asiento. Había muchas ofertas, son pocos los que utilizan esa línea a esa hora de la mañana. Tomé mi decisión y me senté en un asiento individual casi al fondo. Tengo privacidad y de ese lado se disfruta mas del sol, su tibia compañia mitiga un poco el duro día de invierno, aunque más no sea de manera simbólica.
Una vez acomodado, elijo que canción quiero escuchar. Mi música es fundamental, hace que todo se torne diferente. Me permite no dejar estar atento a lo que realmente quiero estar atento. Es así que pude apreciar la gracia de los dibujos realizados por las aves en el cielo, como así también los cabellos dorados y lacios de aquella hermosa mujer sentada sola en los asientos dobles a mi derecha.
Sucede que en este universo nada es perfecto y la alineación de los asientos del 18 no son la excepción. No estaba exactamente a mi lado, es decir su cuerpo se encontraba mas adelantado al mío, no mucho, pero lo suficiente como para esconder tres cuartas partes de su rostro. Aun así, percibía en ella una belleza cautivante.
En un principio intente no darle demasiada importancia, ¿pero…podría ser esto una nueva historia de amor? Quien dice lo antes relatado fuera el principio de una anécdota, que en una futura cena entre amigos robe risas y sonrisas. Sucede que hasta ese momento solo uno de nosotros era el autor, aún no había nacido yo en el mundo de ella.
El dilema surgió cuando me percaté a través de la ventanilla, que esa plaza a la cual estábamos rondando era ya más de la mitad de mí viaje al trabajo. Que relativo resulta el tiempo. Vuelvo mi mirada hacia ella y la súbita delineación de su perfil me pone mucho más nervioso todavía. El héroe que se atrevió a correr un colectivo a medio fundir, se ve que no es tanto frente la adversidad del contexto.
Claro, no solo se trata de hablar con una señorita, el problema yacía en el momento. Digamos que a las 8:59 de la mañana, en un colectivo semi vacío, sentarme de prepo a su lado y encontrar la manera de ganarme la confianza de un después, suena por lo menos irrisorio. ¿O no?...La duda se iba devorando lo poco que quedaba de mi recorrido.
Faltaban pocas cuadras y no hallaba ni la forma, ni la excusa para hablarle. Es un hecho, (ahora lamentable) que una conversación no consta sólo de dos personas dialogando, existen tantas otras cosas que se ponen en juego y que en ocasiones resultan mas determinantes que lo posiblemente dicho.
A tan solo dos calles de mi arribo sentía que ya no había nada por hacer, no era posible desafiar las crueles reglas de la pragmática del lenguaje. Quién es ella, era un misterio que esa mañana parecía no iba a develarse.
De repente, una luz de ingenio y coraje atravesó mi gasolero pensamiento. Tomé un trozo de papel y en tan solo una línea plasme mi deseo mas profundo:
“…ojalá el destino me regale nuevamente, la oportunidad de conocerte…”
Me puse entonces de pie y dispuesto a todo camine directo a su encuentro. Cuando mi figura llamo al fin su atención, su rostro se hizo completamente visible y mi suposición de belleza se hizo concreta. Sus preciosos ojos sin embargo, evitaron rápidamente a los míos y el aburrido paisaje fue para ella más importante que mi presencia.
Durante escasos segundos me quede atónito admirándola, mientras su gris indiferencia apagaba en mí la última llama de valentía. Guarde para siempre el papel en mi bolsillo, di media vuelta y baje del colectivo.
El reloj marcó las 9:11 y así comenzó mi día.